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Con ganas de cometerte.

Miraba cada uno de los precipicios de tu cuerpo con ganas de cometerte. Los miraba como un suicida mira desde un puente el río donde va a hacerse el amor a sí mismo. Como un adolescente mira lo que hay detrás de las primeras bragas que baja con las manos nerviosas. Como alguien sin corazón que mira como su cabeza va a destrozar a alguien con más corazón que razón. Como un astronauta mira la nave espacial que le va a llevar a un planeta donde no ha llegado nadie. Como una prostituta mira a un hombre que le salva la honra y en vez de follársela le cuenta sus penas. Como un político mira su primer sobre lleno de dinero conseguido con la corrupción. Como un pirómano mira el monte al que va a quemar, o hacerle el amor con tanta pasión que saldrán ardiendo. Como el poeta mira la falda de esa chica para ver si el viento se la levanta y poder leer el mejor poema marcado en sus bragas. Como la herida mira y analiza a la cicatriz que le va a curar. Como un pueblo sometido mira la bandera revoluc...

Os creéis salvadores de pechos.

Nunca deberíais interponeros entre alguien y sus ganas de autodestrucción. Pero siempre os interponéis, porque os creéis salvadores de pechos con ganas de romperse y sentirse vacíos sin otro pecho que compense su desnivel de soledad, de pena, y acabáis rompiéndoos el vuestro por idiotas. Hay gente que no está preparada para querer a otra persona que no sea a ella misma, y creéis que vosotros vais a ser los primeros en hacerles sentir algo, pero nunca acaba siendo así porque nunca van a estar dispuestos a querer a alguien, no porque no sepan -porque para querer a alguien no hace falta saber, solo hacen falta ganas de entregarse-, sino porque no les da la gana. Siempre os acabarán decepcionando esas personas que desde el primer momento os dicen que el amor es una mierda, pero pese a todo sois tan ingenuos de ir a por ella, que luego os quejáis cuando el tren os atropella por cruzar cuando la barrera de paso estaba bajada y parpadeaba la luz del semáforo, intensamente, para que no dies...

Nunca me gustó como besabas.

Me gustabas porque me dijiste desde el principio que eras imposible, como una primavera sin ganas de revolución, como pedirle pétalos a un cáctus, como que el agua y el aceite se revuelquen dentro de un mismo vaso. Me gustabas cuando escribías en mi cama y recitabas lo que habías escrito, y para mí eso era como si estuvieses bailando en mi cama desnuda. Contra más alto subíamos, más vértigo tenías, más miedo por si resbalabas y la hostia contra el suelo te destrozaba, y es que de tanto mirar para abajo me dejaste de mirar a mí, y yo no paraba de mirarte, desolado, viendo que no tenías ya ilusión, mientras notaba como la mía estaba cayendo desde donde estábamos, con tanta velocidad y turbulencias que tenía toda la pinta de reventarse contra el suelo, te miraba viendo lo perdida que estabas y las ganas que tenías de bajar, y es que nunca te dejaste llevar, y nunca podrás amar a alguien, porque el amor es dejarse llevar sin importar la hostia que te vayas a pegar. Invertí mis ilusiones...

Quise vivir de nuestro cuento y acabé muriéndome de la realidad

Yo contigo solo quería salir corriendo delante de la policía por haber robado en un supermercado, coger un cádilac en una gasolinera, huir, que te pusieses de pie en el asiento con los brazos abiertos mientras hacíamos la ruta 66 y morir en un tiroteo. Pero en el amor siempre cometemos el fallo de dejarnos llevar sin preguntar a dónde vamos, y luego nos encontramos en el fondo de un precipicio mientras la otra persona está dando saltitos mientras baila en el borde riéndose. Y es que nos enamoramos de bloques de hielo sin saberlo, y lo malo es que el hielo se pega a la piel y quema, dejando marcas. Y despegarte duele mucho. Nuestra relación era a distancia porque nunca quiso acercarse a donde yo estaba, y ojalá hubiese tenido un doble para las escenas en que si yo no iba, ella pasaba de venir y lo nuestro se acababa. Las personas no cambian, solo se limitan a disimular, y ella nunca supo querer, pero disimulabas tan bien que creí llegar a pensar que estaba enamorada; que hija de p...

Me ha entrado miedo a olvidar como dueles.

Ojalá nos hubiésemos querido tanto como nos odiamos ahora. Y es que quizá solo nos conocimos para saber a qué sabe el dolor cuando te matan por dentro. Siempre te dije que ibas a dejar huella, pero no hacía falta pisarme el corazón tan fuerte para ello. Yo abrazaba al amor por detrás y tú te empeñabas en cogerlo fuerte del cuello. Y hoy me dedico a cerrarle las puertas a todo el mundo, porque este destrozo es nuestro y no quiero que nadie entre a arreglarlo, quien lo rompe lo arregla, y te estoy esperando con todo por medio y pensando que en algún lugar de estas lágrimas gotea tu nombre y la posibilidad de haber sido eternos. Y ahora el daño ya está hecho, y cuando el daño está hecho no queda otra que sentarse en la mesa y comérselo solo y en silencio, hasta que se termine el plato. Fuiste una hija de puta, una piedra en medio del camino con la que volvería a tropezar cada vez que me levantase. Siempre duele que te destrocen, pero tú al menos tuviste estilo p...

La camella de la ciudad.

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Ella no sabía nada del amor, solo sabía activar la bomba de la ilusión y salir corriendo. Cuando me conectó al explosivo que había fabricado en cuestión de segundos (lo que tardaba en echarme una mirada de esas que te atraviesan de arriba abajo y en doble dirección) fue a comprar dinamita para fabricar unas cuantas bombas más, en la misma tarde, mientras paseaba por el centro de la ciudad e iba echando miradas a hombres de camisa y rompiéndoles los cuellos con el movimiento de su culo. Para ella empezar una relación era conectarse con la otra persona a cientos de kilos de pólvora y esperar la explosión definitiva que lo rompiese todo, y las diosas nunca tienen que morir. Esperaba en el sofá de casa y, cuando oía que las bombas habían explotado, bajaba a la calle corriendo a buscar los corazones que salían volando por los aires y caían del cielo. Se los llevaba a casa, tenía una vitrina llena de trofeos, o de corazones reventados, que para ella era lo mismo. Si ella hubiese sal...

Aunque nunca hicimos las cosas bien, siempre las hicimos a nuestra manera.

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Eras la típica chica que me decía que le encantaba la música en las películas, que hace que las emociones se sientan aún mucho más fuertes. Yo siempre te decía –con mi tono alterado y susceptible, como si el mundo estuviese siempre en mi contra, que creo que lo está después de hacer que tuviese que aguantarme a mí mismo- que la música en las películas es una jodida mierda, que la ponen como una señal de tráfico para saber lo que tienes que sentir, y yo sé cómo sentirme en cada momento sin que me lo diga una jodida melodía. Y todo esto lo discutíamos mientras tú te duchabas y yo me sentaba en la taza del váter a leer y a mear, sí, a mear, la desilusión me pasaba bastante durante el día como para tener que mear de pie. Y tú te tumbabas en la ducha, te dabas jabón por los brazos y me decías que dejase de leer tanto, que me estaba volviendo un paranoico leyendo tantos libros de los mejores escritores de la historia, que todos ellos estaban sobrevalorados. Y es que es normal que di...