miércoles, 1 de mayo de 2013

"En eso que te enamoras justo cuando el tren se marcha"



Lo mejor de perder trenes en la vida es que a veces tienes suerte y te toca compartir asiento de estación con los ojos más bonitos de todo Madrid, con los párpados cansado y las ganas de dormir más bonitas que he visto nunca en hora punta, y con los labios rojos que más ganas me han entrado de morder en la vida. Y me empiezan a temblar las rodillas, y no es de nervios, si no de ganas de acercarme un poco más y decirle que su sonrisa es un súper poder, que si quiere ser mi heroína y salvar todas estas heridas antes de que se desangren. Pero justo cuando iba a dar el paso de acercarme y preguntarle qué hora tenía (y morderme el labio mientras mirabas el reloj y no me veías), se ha levantado a recibir a una amiga que bajaba del tren al que iba a subir yo, y se marchan de aquí, y me quedo allí asomado en la puerta del tren viendo como camina y sumando mentalmente la cantidad de cuellos que habrá partido, y que le quedan por partir, por la Gran Vía con su forma de mover el culo. Tomo asiento al lado de la ventana porque quizá me da tiempo a volver a verla por el andén antes de que se marche. Y pienso que quizá este día sea el que la he podido tener más cerca que nunca. Y hasta el tren tiene la sensación de descarrilar estando quieto cuando lo mira.

Aunque seguramente ni te hayas fijado en mí, y me hayas mirado como quién mira un rostro que le es indiferente, la verdad es que te has quedado bien grabada en la zona de cosas mágicas que recordar sin esfuerzo, y me encantaría que esta noche vinieses a mi cama, que me constases secretos y me gimieses bajito al oído antes de dormir. Pero probablemente le gimas a otro en el oído, aunque estoy seguro de que nadie sabría hacerte eses con la lengua en tu ombligo como sería capaz de hacerlo yo. Para mí vas a ser siempre la chica de la estación de tren, la única. Y de repente me han entrado ganas de coger un día e invitarte a tomar café a una cafetería de estas que tienen las mesas al lado de ventanales enormes, que te dejan ver como arde el cielo cuando el sol cumple su jornada laboral. Sentarnos frente a frente, en una mesa redonda para dos, mirarnos pensando que somos eternos y mirar el cielo pensando en lo bonito que sería vivir en un vuelo permanente visitando cada ciudad desde el aire. Y cuando nos trajesen el café te observaría firmemente,  me quedaría embobado al ver la facilidad con la que me inspiran tus sorbos y tus ojos mirándome de reojo. Cogería una servilleta y te escribiría: “¿Quieres ir a follar después de terminar el café?”, que me entrarían ganas de salir de allí corriendo, o encerrarnos en el baño, que me calentarías demasiado viéndote como bebes café con tanta delicadeza y a conjunto con tu jersey gris y esas puntas pelirrojas que caerían en caída libre por tus hombros.

Quiero que seas la monstrua de debajo de mi cama y que el próximo tren lo cojamos juntos a la misma hora después de haber compartido sábanas y haber salido corriendo por todo Madrid porque no llegábamos a tiempo.


Tu chico de la camiseta gris.














De repente te vi. Me viste y nos vimos. Me di cuenta de que también miraste mis labios Chanel, y mi corazón, aunque no tan caro y mucho más rojo padecía palpitaciones descontroladas. Nuestras pupilas se clavaron, casi superponiéndose, y en ese milisegundo pude sentir cómo te ruborizabas. Era la química. Mi dosis matutina de dopamina. Y justo en el momento en que iba a acercarme y preguntarte si tenías fuego, tuve que marcharme. Me mirabas el culo y tuve que aguantarme las ganas de volver, encerrarte en cualquier baño y arrancarte esa camiseta gris.

Al chico de la camiseta gris.

He intentado rebuscar en mi interior y encontrar algo que me diga qué nos pasó, pero cuando te fuiste desordenaste todo mi mundo y no dejaste nada en su sitio. Recuerdo aquella noche, la luna brillaba tanto que quería hacerle competencia a tus ojos, pero ni de coña lo conseguía. Rozábamos el mar con nuestros pies y nos sentíamos liberados, y cuando nos tumbábamos en la arena, como si de mi rutina favorita se tratase me dormía escuchando tu corazón. Mira, ahí aún tenías.
Pasábamos tardes eternas mirando por la ventana, leyendo poesía y pensando en lo desastrosas que eran nuestras vidas, follando después del café. Mañanas de resaca con el rímel corrido escribiendo versos en tu espalda, versos convertidos en besos. Recuerdo también cómo las duchas nos hacían sudar y cómo te encantaba colarte en el probador cuando nadie miraba para hacerme gritar.

Supongo que un día el verano acabó, y con él tu corazón. Nunca lo sabremos, esto tan solo es una suposición. Los viajes que no hicimos, pero que podíamos haber hecho. Las crisis que no tuvimos, pero que podíamos haber tenido. Las caricias que no nos dimos pero que nos podíamos haber dado. Tan solo es lo que hubiera pasado si nos hubiéramos conocido.

Tu chica de los labios rojos.

Por @MarieRocche la chica de los labios rojos.

1 comentario:

  1. Ojalá sea el primero de muchos escritos compartidos, chico de la camiseta gris.

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