viernes, 24 de mayo de 2013

Antes huíamos juntos, y hoy huyes de mí.


Ya no recuerdo cuando fue la primera vez que dije que sería la última vez que te escribiría. Pero cuando empiezas a escribir algo grande en una página, en vez de pasar, intentas continuar escribiendo en los bordes y los espacios que quedan entre las líneas, llenándolo todo de letras, de “bah’s”, de palabras que saben a tinta mezcladas con dolor, y ya no eres capaz ni de leer las palabras bonitas que te dediqué.
Pero por mucho que tache todo lo que te llegué a escribir es imposible olvidar todo lo que vivimos. Siempre dijimos que intentaríamos hacerlo lo mejor posible por si algún día nuestra historia terminase guardar un buen recuerdo de ella, y que al recordarla solo fuésemos felices.

Pues bien, a mí solo me hace feliz recordar aquellas tardes que pasábamos en tu casa, tirados en el sofá, sin decir nada porque ya se lo decían todo nuestras manos y nuestros labios. Me hace feliz pensar en las huidas, en las escapadas que hacíamos sin planificar. Cuando te mandaba un mensaje y te decía: “estoy en tu puerta esperándote con el coche, baja tal y como estés que nadie nos verá, vamos a huir lejos, muy lejos”, y te faltaba tiempo para estar abajo con una coleta hecha con prisas, con un pantalón corto y mi camiseta preferida que te regalé aquella noche en que me la dejé sin querer en el suelo de tu habitación. Entrabas en el coche, como un huracán, y eras capaz de hacerme sentir una revolución cuando te sentabas y me mirabas con esa sonrisa, para luego regalarme un beso que casi me dabas con los dientes de tanta felicidad como traías. Y me decías que arrancase, que te llevase lejos de este barrio, que fuésemos a una ciudad aún por conocer. Y es que éramos dos sonrisas a medias que sumaban una, éramos dos cuerpos que empezábamos a sentir vértigo al subir tan alto en esta noria, pero ningún vértigo se comparaba al que sentía mi lengua cuando se balanceaba sin paracaídas por la pendiente de tu cuello. Y entonces arrancaba, nos metíamos en la autopista y te dejaba poner la música que quisieras. Siempre elegías poner un disco que tenía canciones que hablaban de nosotros sin ser nosotros, nuestras preferidas, y empezabas a tararear nuestras canción.  Y yo miraba por la ventanilla, veía la señal de límite a 120km/h y sentía que ni de lejos se acercaba esa velocidad a la que me latía el corazón mientras te escuchaba cantar, con los pies encima de la guantera, con el gorro de paja y las gafas de sol, mientras mirabas por la ventana pensando en el infinito, buscando alguna matrícula que llevase la fecha de nuestro primer beso para volverte loca y decirme que la mirase. Y hacías que el mundo estuviese, para mí, condenado a pasar desapercibido. Y ahí era cuando más felices llegamos a ser, en esas huidas, en pasar horas en el coche, conduciendo a oscuras mientras me leías poemas, textos escritos por ti, las ganas que tenías de quitarme la camiseta y escribirme versos, y darme besos, por toda la espalda. Pero llegó un momento en el que a veces me querías y otras simplemente querías poder quererme, pero dejaste de encontrar motivos para hacerlo. Yo no creía en el desamor, pero dejaste de hacerme el amor cada noche y me rompiste. Y te entró miedo, mucho miedo, miedo a estar viviendo en el corazón de alguien, te entró claustrofobia a pasear descalza por mis sueños. Y el miedo pudo contigo, y en consecuencia con nosotros.

Y hoy sigo pasando con el coche por la puerta de tu casa, sigo quedándome allí un rato, mirando ese portal blanco con pena, y te veo salir de la mano de otro chico, feliz, como si hubieses perdido el miedo. Mientras, yo sigo hablándole de ti a otras mujeres en mi cama, hablándoles del vértigo que me hacías sentir con tus besos, de todas las ciudades que recorrimos juntos de la mano, enseñándoles las fotos nuestras con la cámara Polaroid, haciendo el tonto, tapándome la cara con tu gorro de paja mientras me mordías la oreja, poniendo cara de tontos –o de enamorados, que viene a ser lo mismo-. Te metiste donde nadie te llamaba y te fuiste sin pedir permiso. Antes huíamos juntos, y hoy huyes de mí. Y
me pregunto: “¿a cuántos latidos más con tu nombre estoy de romperme el corazón?”. 

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